“Fui secuestrada a 200 metros del despacho del gobernador”

La docente María Cristina Ércoli declaró por primera vez. Estuvo dos años detenida ilegalmente.

“Fui secuestrada a 200 metros del despacho del gobernador elegido democráticamente”, declaró este jueves María Cristina Ércoli, durante un testimonio de dos horas en el juicio de la Subzona 14 II. Declaró por primera vez como víctima porque en el primer juicio a los represores pampeanos no se juzgaron hechos anteriores al golpe de estado del 24 de marzo del '76. 

El 19 de noviembre del ’75, cuando era ayudante en la universidad a los 23 años, Ércoli fue secuestrada por dos personas de civil mientras caminaba por la Avenida San Martín hacia su casa junto a su novio, Osmar Sombra. Era activista católica y política de la Juventud Peronista en el barrio Villa Parque.  También estaba a cargo de 17 centros de alfabetización de adultos de una campaña nacional. Vivía junto a dos amigas en una casa en la que había mucho movimiento porque eran "solidarias". "Había un vecino que nos vigilaba. Después le dijo a mi madre que éramos putas. Nos espiaban y decían que bajábamos cajas con armas... y eran armas, armas para abrir la cabeza, porque eran libros", dijo en el juicio.

En la Primera los separaron y la colocaron en una celda, al lado de Adriana Culzoni y Susana Berdasco, otras docentes universitarias. “Fui secuestrada, nunca me registraron, antes del golpe y a 200 metros del despacho del gobernador elegido José Regazzoli y de la Cámara de Diputados y del vicegobernador Rubén Marín”, acotó.

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“No me vendaron los ojos, veía donde estaba. Dos veces me llevaron al primer piso y ahí me interrogaron. Era evidente que buscaban a otra persona, me preguntaban dónde estaba la compañera que vivía conmigo, Ana Gisper, compañera de la facultad”, contó. Era una catalana, nacionalizada argentina, que vivía con ella y trabajaba en los barrios como católica embarcada en la opción de los pobres. El obispo Adolfo Arana, acotó, no acordaba con ese activismo.

Dijo que no le preguntaron “mucho” de su activismo político cristiano y que no sufrió tormentos aunque la amenazaban “con la parrilla”, aunque en ese momento ella no sabía que se referían a la tortura. "No sufrí violencia extrema, pero si la violencia fue perder la libertad de esta forma por personas institucionalizadas del estado", apuntó.

No pudo identificar a ninguno de sus captores. No la revisó un médico. “Hay un registro del personal que estaba, es muy fácil saber quiénes estaban.  Eran todos varones”, reflexionó.

En otro tramo de la declaración, el querellante Juan Riesa recordó que en la declaración previa en el Juzgado Federal, en 2011, ella dijo que “casi seguro” la interrogaron los policías Oscar Yorio y Roberto Fiorucci. “No puedo asegurarlo, la verdad que no se identificaron”, dijo ahora. “En la mente, tengo la visión de ese escritorio. Quedan cosas, pero no la cara y el nombre. Después vi las fotos, por eso dije casi seguro. Pero si estuve en un lugar legal, tiene que estar asentado las personas que estaban ahí. Yo dije casi seguro, además escuchando lo que escuché durante el primer juicio”, adujo.

El 5 de diciembre la trasladaron en avión a Devoto junto a Raulito D’atri y otros profesores de la universidad. “Perdimos, nos llevan de La Pampa”, se comentaron.

Atravesó “trece rejas” hasta llegar al pabellón donde estuvo encerrada dos años. “No sabía en qué situación estaba, ahí me dijeron que estaba a disposición del PEN”, recordó.

Los padres pusieron un abogado de Capital Federal, Oto Elizalde, un liberal que presentó un habeas corpus que llegó hasta la Corte, que dispuso la libertad. Sin embargo, la junta militar se lo negó, como el pedido de salir del país. Recién el 24 de diciembre del  77 la liberaron con una carta firmada por el genocida Suárez Mason. “El que dio la orden en realidad es el jefe del  Regimiento de Toay”, dijo.

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Se rencontró con el novio y se fue a vivir en una clase de "autoexilio" en el 78 a Fortín Olavarría, en Buenos Aires. Ganó un cargo en una escuela rural. Pero la policía le avisó que debía renunciar si no quería ser detenida otra vez. “Es mejor andar de crota que presa, de alguna forma nos vamos a arreglar”, le aconsejó el padre.

Abrieron un secundario y le pidieron que diera clase pero tampoco quiso. Luego se vino a vivir a Santa Rosa. "Me quedé en mi casa, cuidando a mis hijos", rememoró.

En el '81 llegó como ministro de Educación del gobernador de facto Ricardo Telleriarte, Oto Elizalde, el abogado -nacido en Lonquimay- que había tenido su caso. Tuvo una audiencia. Y a los seis meses le avisó que se anotara "como si recién te hubieses recibido" y consiguió empleo como preceptora a fines del '81 y al año siguiente entró como maestra de grado en la escuela 4.

"No tenía nada que esconder. Fue terrible lo que pasamos. Fue un proceso planificado, con método, que empezó antes del '76", concluyó. 

“Sacaban cajas de libros y decían que eran armas”

El esposo de Ércoli, Osmar Atilio Sombra, de 74 años, recordó que trabajaba como no docente en la universidad y la detención de ambos y dijo que la policía durante el allanamiento de la casa le decía a los vecinos que sacaban “armas” en las cajas, cuando en realidad eran libros. “Todos creían que éramos guerrilleros, hasta la familia dudaba de nuestras conductas”, dijo.

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Aseguró que los trasladaron en un Valiant de un civil, de apellido Pedraza, a la Primera. “Recuerdo que (Oscar) Yorio entraba y salía con papeles, era el más activo, nos tuvieron todo un día sin agua y sin ir al baño”, recordó. Lo interrogaron, sin golpearlo, sobre el paradero de Ana Gispert, pero “no sabía nada” porque se había ido unos días antes.

Al día siguiente lo liberaron pero no sucedió lo mismo con su compañeraRecordó que durante nueve días le llevó la comida a la seccional a Ércoli, hasta que le avisaron que “no estaba más” y que no le podían decir adónde la había trasladado el Ejército.

Un sábado fue hasta la casa y comprobó que la habían incendiado. Un vecino avisó que él había vuelto y lo demoraron nuevamente. “Miguel Gauna me interrogó con otro oficial joven y me preguntaba si yo había puesto la bomba. Me hicieron desvestir  porque en la puerta había manchas de sangre. Me revisaban para ver si tenía alguna lastimadura. Me pasaron nuevamente al calabozo y al otro día me dan la libertad”, explicó.

"Nunca se supo quién puso la bomba. Se sabe quién roba una gallina pero no quién puso la bomba. Entiendo yo que la pusieron ellos mismos...", deslizó.

Después de la detención, renunció al trabajo porque no “aguantó” el trato de sus compañeros que lo “verdugueaban” por su detención y la de su novia.

Reconoció que no cree en la justicia porque "tardó cuarenta años en sentarme a mi acá".

"Se creó un estado de terror en el cual hasta en nuestra familia o compañeros de trabajo pensaban que éramos guerrilleros. Ese fue el mayor daño que nos hicieron", cerró.

El colegio "rodeado" de militares

Una alumna de quinto año del colegio de Arauz, María del Carmen Subotich, relató que el día del copamiento estaba en clase, en un examen, con el ingeniero Ángel Álvarez, e ingresó la secretaria a buscarlo y “no volvió más”.

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Abrieron las ventanas y el colegio estaba rodeado de militares que les apuntaron. No los dejaron salir los soldados hasta que la secretaria vino a explicares “qué sucedía”. Recordó que entraron a su casa en el rastrillaje desatado para buscar al evadido profesor Guillermo Quartucci.

También mencionó que un par de meses después la citaron a la comisaría con las carpetas y la interrogaron, atemorizada, sobre las clases que impartían los profesores secuestrados y las prácticas de campo que hacían. "Nunca entendí el operativo, no hay una explicación lógica, era una comunidad chica con gente con ansias de tener un secundario y otras personas se asustaron", reflexionó.

Por otro lado, el profesor de educación física del colegio de Arauz, Raul Delbes, declaró que la mañana del operativo no estuvo en el establecimiento. Los militares registraron su casa en búsqueda del profesor fugado. Dijo que lo citaron en la comisaría a los tres días y le preguntaron sobre los profesores. Estaba Baraldini en ese interrogatorio. “Tenía trato, amistad, pero nunca se habló de política ni de esas cosas”, aclaró sobre los profesores secuestrados.

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