Un pastor “en la antesala del infierno”

El pastor Gerardo Nansen fue secuestrado y torturado con golpes y picana eléctrica durante el operativo de Arauz, en la dictadura. Declaró en el juicio de la subzona 14 II por videoconferencia desde Uruguay.

“Me sentí en la antesala del infierno”, contó el pastor valdense, Gerardo Juan Hugo Nansen, que también fue secuestrado y torturado con golpes y picana eléctrica durante el operativo de Jacinto Arauz en la época de la dictadura. Este miércoles declaró por primera vez sobre sus padecimientos. Lo hizo por videoconferencia desde el consulado de Colonia, Uruguay. Contó que se alegró cuando lo convocaron para declarar, hace unos días, y se enteró que el profesor "desaparecido" Guillermo Quartucci, en realidad había podido escapar y está vivo.

Llegó a Arauz a principios del ’74 convocado como pastor de la zona.  “Yo estaba iniciando mi clase en el secundario, había entrado a hacer una suplencia en Historia hacía pocos días por pedido del director. Tenía que dar la clase sobre la revolución francesa, alguien abrió la puerta y cerro, pero vi todo personas de verde en el pasillo. Salí, fui rodeado de gente con armamentos, y vi que otros profesores estaban en la misma situación”, relató.

Lo sacaron en un Falcon, vendado, y lo trasladaron al puesto caminero. “Me sentí muy mal, hacía un frío horrendo. Me encomendé a Dios, veía la cosa muy fea. Alguien me dijo que me despidiera porque me iban a liquidar en un rato”, apuntó.

Hizo un canto en alemán y lo golpearon con un arma en las costillas. Luego lo interrogaron acerca de si era el pastor que había iniciado el colegio, que era en realidad su antecesor, y por qué había llegado hasta allí.

“No me creyeron, siguieron insistiendo, y ahí si entró otro elemento en la parte inferior de mi cuerpo que me hizo sentir muy mal. Me dijeron que me iban a hacer ablandar. Fue corriente eléctrica en el miembro masculino”, prosiguió. “Estaba en la antesala del infierno, era de no creer”, graficó.

Recordó que alguien entró y con una voz ronca dijo que estaba diciendo la verdad. Cesó la tortura y lo llevaron a la comisaría, donde lo alojaron en el baño, esposado. Alguien que le dijo que había sido comisario antes lo vi en el baño y le dijo que él era quién había dicho que le crean. “Me salvó la vida”, interpretó.

Dijo que un policía local que lo conocía en ese momento lo trató como “un criminal, un delincuente, en forma despreciativa”. A la tarde lo llevaron a la casa y el oficial revisó su casa y su biblioteca y también su templo.

“Me sentí morir, se me vino abajo todo. Lo único que me quedaba intacto era la fe en Dios. Eso no me lo pudieron deshacer”, confesó.

A los pocos días fue convocado a declarar en una causa contra el comisario anterior, Vito Angel Maccarini, “tenía que hacer denuncias porque se lo suponía coautor de lo que estaba sucediendo en el instituto, cosa que tuve que negar porque no me constaba  que fuera subversivo, por el contrario era muy humano, la gente lo quería”.

El pastor recordó que en el puesto escuchó los gritos de los otros profesores y el director del colegio que eran torturados.

En marzo del ’78 se fue del pueblo, a pesar de todo, “con el sentimiento de cariño de la gente”. Antes participó de la inauguración de un hogar de ancianos, donde, curiosamente, estuvo sentado al lado del gobernador. Ese día un capellán católico de la Policía lo visitó y lo interrogó dudando de lo que había manifestado ante la policía y los militares. "Me decía que veníamos a robar gente de su rebaño y que por culpa nuestra se estaba instalando la subversión en La Pampa", acotó.

Dijo que las torturas le dejaron secuelas "físicas, un poco, más que nada sicológicas".

Reconoció con dolor que hubo “una especie de Judas” entre los miembros activos de su iglesia, Ricardo Rostán, un productor agropecuario que fue uno de los delatores que colaboró con el operativo represivo y que repetía esas conductas, porque también acompañó a las fuerzas armadas que visitaban a personas del pueblo, en la persecución del peronismo durante la denominada revolución libertadora del '55.

Un rastrillaje, casa por casa

El policía Juan Carlos Ramos (67) era oficial en Arauz en la época del operativo en el secundario. Dijo que esa mañana arribó un Falcon verde, una camioneta del ejército y un camión de la policía, y llamaron al comisario. “De ahí salió una orden de detención de ciertas personas. Y a mí me indicaron que con los vehículos disponibles controlara que no haya ninguna evasión”, relató.

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Confirmó que los profesores detenidos eran llevados a la comisaría y luego trasladados al puesto caminero, esposados y encapuchados. Ramos los fichó. A la tarde recibió el alerta de la fuga de Guillermo Quartucci. “Eso llevó a que se dispusieran los operativos en las rutas. Llegaron refuerzos de personal militar. Estuvimos dos días recorriendo, con allanamientos en la zona urbana, en todas las casas del pueblo, requisas en campos vecinos, en el cementerio, viajamos a Bahía inclusive, tratando de dar con el evadido”, recordó.

Recordó que en un baño de la comisaría al otro día encontró al pastor valdense Gerardo Nansen, vendado. Preguntó y lo liberaron.

Dijo que las órdenes las daba “el jefe de la comisaría, (Miguel) Gauna”. “A (Luis) Baraldini lo vi los últimos días, con el rastrillaje, como jefe de policía, a constatar lo que se hacía, se informaba a través del jefe de la dependencia”, indicó.

subzona represores

También señaló que el jefe militar Favio Iriart también estuvo en el pueblo. Y que no hubo órdenes de allanamiento ni participación de funcionarios judiciales. No vio avión,  helicópteros o tanques participando del operativo.

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“El último día se hizo un asado en el patio de la comisaría, pero participó solo el personal que participó del operativo”, respondió, consultado sobre el supuesto asado que habrían compartido con civiles caracterizados de la localidad.

-¿Le comentaron por qué los detuvieron? ¿Había temor a un asentamiento de guerrilleros o extremistas? –le preguntó el fiscal Alejandro Cantaro.

-Para mí eran todas personas normales, un vecino más.